MI ULTIMO VIAJE A NUEVA ZELANDA?
Septiembre del 2008 fui a buscar a mi hijo y nuera, quienes después de vivir durante 4 felices años en Auckland, pero extrañando patria, familia y amigos, decidieron pegar la vuelta. Hacia menos de un año que había pasado las Fiestas (Navidad, mi cumpleaños y el Año Nuevo) con ellos y recorrido por tercera vez esa maravillosa isla, así que casi nada quedaba por ver y comentar (recomiendo leer los artículos anteriores).
Partí con otro de mis hijos desde Mar del Plata Beach, nuestra querida ciudad y luego del cruzar el Polo Sur llegamos a buscarlos, pero… ya que estábamos allí, nos quedamos quince días para recorrer lugares que yo ya conocía y que haría conocer a mi acompañante. Además de despedirme de kiwis (lugareños), holandeses, alemanes, y pocos argentinos que durante esos mis anteriores viajes fui conociendo.
Viajamos de ida con un bolso de mano cada uno llevando muy poca ropa, trabajo para mi nuera que era la encargada de lavar y planchar casi a diario nuestras prendas. Por que a la vuelta vendríamos con casi todo lo que ellos habían acumulado durante esos largos años de estadía tan lejos de nosotros. Aerolíneas Argentinas permite embarcar en bodega dos bultos de 32 kilos cada uno, además artículos deportivos sin cargo y los bolsos de mano en cabina. En definitiva, entre los cuatro volvimos con 256 kilos de equipaje, cuatro bolsos, un Snowboard y una Bicicleta de Competición.
Mi hijo acompañante, conoció en esas largas dos semanas todos y cada uno de los lugares por donde yo había estado anteriormente, nos alojamos en el majestuoso Sky City Hotel que fue el hotel donde estuve en mi primer viaje y donde subió conmigo a la Sky Tower, esta torre de 292 metros que ofrece la extraordinaria vista área de la ciudad de Auckland y sus alrededores. Repetir excursiones a esos sitios que ya conocía me llenaron de recuerdos y además, me alegró mucho el asombro y la felicidad de ese hijo que por primera vez pisaba tierra de maoríes.
Yo creía que nada me quedaba por recorrer, pero estaba equivocado. Me faltaba ver el Waitakere Ranges Parks y allí fuimos después de 3 horas viajando por una de las tantas autovías que cruzan la Isla Norte de Nueva Zelanda.
Waitakere es una reserva forestal de impresionante belleza que termina en el Mar de Tasmania, ese mar que la separa de Australia. Donde para llegar, hay que dejar la autopista y recorrer un interminable y sinuoso camino que trepa por montañas boscosas y desciende en una playa de arenas y rocas negras, con enormes cuevas que le imprimen ese misterio especial y en donde allí de filmó parte de la película Kig Kong.
Mi hijo, el akiwuasado, hacia más de un año que había cambiado el cigarrillo por el deporte. Eso lo convirtió en un entusiasta competidor de triatlón. Motivo por el cual, todos viajamos a Rotorua, esa zona de volcanes de hay en el medio de la isla y que llaman el Anillo de Fuego. Allí iba a participar del Triatlón Anual.
Nos alojamos en un camping que estaba al borde del Blue Lake, lugar maravilloso. Una cabaña sencilla y sin baño (yo acostumbrado a hoteles de 4 y 5 estrellas) justo para mi incomodidad. No importa, me dijeron el complejo de baños y vestuarios estaba enfrente. Vil mentira que comprobé a las 3 de la mañana, hora en que me levanto para orinar, cuando tuve que recorrer casi desnudo unos 100 metros bajo un cielo nublado y noche helada para vaciar mi vejiga.
Pero eso fue olvidado al día siguiente en que la emoción me anudó la garganta al ver a mi hijo en la línea de largada junto a más de quinientos otros competidores. No llegó entre los primeros, pero su meta era terminar dentro del tiempo establecido y lo logró. Hace pocos días y ya establecido en la Argentina, volvió a correr la Short Maratón de Villa Gesell en donde llegó 6to. en su categoría, pero esto será motivo para otro relato.
Nos quedamos otro día más, por que ellos (mis hijos y mi nuera) querían ir a las pistas de skates road, famosas y únicas en el mundo. Subimos a la cima de esa montaña, en cómoda cabina carril y nos encontramos con un complejo enorme y digno de admirar, con shoping, confitería y la línea de partida a diferentes caminos serpenteados que había que descender acostados en skates con ruedas, previa obligación de colocarse casco y rodilleras. Cada uno de estos caminos ofrecía determinados grados de dificultad. Recorrieron (ellos, no yo) todos los circuitos, una y otra vez subían en la sillas carril y volvían bajar en esos carritos a increíble velocidad.
Terminamos el día en el Spa Polinesyan, que yo ya conocía, donde buscamos relajarnos en sus piletas azufradas y calientes frente a ese lago blanco y burbujeante característico de Rotorua con sus fumarolas y olor nada agradable. Esta fue la última visión de algo maravilloso que quedaría grabado para siempre en mis retinas.
Terminamos este sueño cuando nos embarcamos en nuestra aerolínea de bandera, que extrañamente partió casi en el horario estipulado y durante el regreso a mi patria pensé, este será MI ULTIMO VIAJE A NUEVA ZELANDA?
septiembre de 2008

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