OTRA VEZ EN LA TIERRA DE LOS MAORÍES (5ta. y útima parte)
AUCKLAD LA GRAN CIUDAD Y TAKAPUNA EL PARAISO
De Mar del Plata en mi aerolínea de bandera (Aerolíneas Argentinas) y extrañamente sin demoras en la partida y en la llegada, 16 horas me separaron de Auckland, ciudad que ya había visitado hace año y medio y que por esas cosas del huso horario llegamos dos días después. Así comenzaron mis vacaciones en las que durante 3 semanas disfrutaría de la compañía de mi hijo y mi nuera, que ya habían programado actividades para cada uno de los días de nuestra estadía. Incluidos Navidad, mi cumpleaños y Año Nuevo que ya fueron comentados en los artículos anteriores.
En mi primer viaje nos alojamos en pleno centro de Auckland en el Sky City Hotel, pero esta vez y por su consejo la reserva fue el Spencer on Byron Hotel de Takapuna. Eso nos permitió estar cerca de donde ellos vivían.
Describir el hotel no resulta diferente a los que ya conocí en otros lugares. El edificio es una torre moderna, de cristal y concreto, de 23 pisos de altura con un grande y moderno lobby. Canchas de tenis, gimnasio y un desayunador que nos regalaba abundante y variado desayuno en las mañanas.
El lugar, una suite amplia y soleada gracias a los grandes ventanales, decorada con un excelente nivel y muebles de buena calidad. Minibar, aire acondicionado, cocina con heladera y horno a microondas. Además de las habitaciones, una antesala con living y comedor, un baño completo y con bañera pero… sin bidet (costumbre muy kiwi). Pero sobre todo, amplios balcones con magnificas vistas a la ciudad y a la costa del mar. Por que en esa zona de casas bajas y desde el piso 13 (parece que los neozelandeses no son supersticiosos) nuestra suite regalaba un balcón con la magnifica postal que mostraba la inmensidad de la región, incluyendo el lago Pupuke y la costa con sus playas.
Que vimos y adonde fuimos? Muchos lugares, todos importantes y con características que los hacen magníficos y distintos entre sí. Describirlos uno por uno y en el orden cronológico es un desafío a mi memoria que no pienso poner a prueba, pero va el intento de describir algunos de los que no he mencionado en los artículos anteriores.
Takapuna. Una comuna costera (para ellos Comunity) perteneciente a la provincia (Council) de North Shore que es una región al norte de Auckland y unida a la gran ciudad por el Harbour Bridge (puente autopista) desde el norte y con ferry por el sur.
Allí estaba nuestra base (léase hotel) a una cuadra de la avenida Lake Road que bordea el lado noreste de la península, desde Devonport con sus dos colinas a Milford, atravesando varias comunitys con sus respectivas playas. North Head, Cheltelham, Vauxhall, Belmont, Hauraki (donde viven mi hijo y mi nuera), Takapuna (nuestra Takapuna) y que bordeando el lago de Pupuke pasa por Milford y termina en Castor Bay.
Lake Road Avenue donde se encuentran negocios de categoría, la atraviesa y separa de la playa. La zona barrial de lujosas casas de madera pintadas de blanco aloja en esta zona que se encuentra a pocos kilómetros de Auckland, a familias de buen poder adquisitivo.
Su bahía encierra una playa que en un extremo culmina en hermosa barranca y en el otro, la marina donde los vecinos guardan las embarcaciones que los identifica como pueblo de costumbres marineras.
La playa como todas las que conocí, precedida de un pequeño parque donde se ve un módulo muy limpio y gratuito compuesto por los baños públicos, vestidores y duchas.
Una baja muralla con sus escaleras lo separa de la arena donde en un minarete rojo y amarillo el guardavida la vigilia. Desde el mar frío y tranquilo a lo lejos se divisa la isla de Rangitoto, esa isla que podemos ver desde el sur de Auckland al norte de North Shore.
Gente, familias y pocos perros que solo la pueden utilizar en horarios establecidos, disfrutan playa y mar. Entrada la tarde aparecen unos jóvenes con trajes de neoprene gorra y antiparras que parecen marcianos (entre ellos, mi hijo), dispuestos a entrenarse para futuras competencias.
Nadan a 200 metros de la costa, los 3000 metros que están marcados con las boyas que indican la ruta a seguir. Por que esas boyas? Por que solo fuera de estas demarcaciones se puede navegar y su mar es cursado por yates, cruceros, botes y kajacs que en cantidad considerable pintan el paisaje.
Si no fuera ateo, creería que Takapuna es lo mas parecido al paraíso o que es el paraíso mismo.
Rangitoto. Solo mencionarla por su importancia y que solo pude ver a la distancia. Es parte de todas las postales de la costa del Pacífico de Auckland y sus poblaciones satélites que miran al océano. Una isla joven, que los maoríes vieron con sorpresa emerger del mar solo hace 600 años por la erupción de un volcán sumergido en el mar. Deshabitada, solo utilizada para turismo de aventura y que escalando su ladera, se puede llegar al cono de la cima de ese volcán, por ahora dormido y las cuevas que se formaron por las corrientes de lava. Tarea para jóvenes y que por supuesto, conociendo mis limitaciones, estaba vedada para mí.
Muriwai. Un día soleado y con ganas de conocer el otro mar que rodea a las islas de Nueva Zelanda, viajamos durante más de una hora y atravesándola de costa a costa llegamos a Muriwai cuya playa enfrenta al Mar de Tasmania, ese mar que los separa de Australia.
Luego de transitar autopistas y caminos serpenteados, bordeando pueblos, granjas y montañas llegamos a destino, una zona boscosa que bordea la playa. La inmensa playa de esa costa oeste, salvaje, con muchas rocas, mucho viento, muchas olas y una extraña arena negra.
Nos resultó novedoso y único, pisar esa arena oscura que se nos pegaba a los pies y nos enteramos que por su por origen volcánico es que resulta de ese color y pringosa.
Disfrutamos de una vista incomparable, un mar con olas de considerable tamaño, surcada por numerosos deportistas surfeando. Nosotros no, solo recostados y charlando con familiares y amigos que nos acompañaron en ese ventoso y soleado día, viendo la vastedad de esa zona y el mar bravío, hasta que el sol que no perdona, nos puso roja la piel y nos obligó a abandonarla.
Pero allí no terminó nuestra aventura, kilómetros más adelante y recorriendo sendas sinuosas entramos al Parque Gannet, lugar que lleva ese nombre por que desde un mirador podemos observar en escarpada costa y en un peñasco enfrentado, a millares de aves de ese nombre. Sobre esas rocas descansan unas gaviotas de enorme tamaño, blancas, con cabeza amarilla y alas negras de gran envergadura, conocidas con el nombre de gannet. Nos cuenta la guía que en ese lugar, las jóvenes vuelan desde Australia para empollar y luego volver a ese continente, retornando nuevamente a este destino para terminar su existencia cuando son viejas.
Ver desde la altura, esas extensiones llenas de gannets formando un manto blanco y chillón resulta muy difícil describir y mucho menos olvidar. Solo las fotos de nuestras cámaras digitales se encargaron de plasmar para el recuerdo, tan extraño paisaje.
Wenderlhold y Matakana. Siguiendo el programa ofrecido por nuestro hijo y nuera, salimos temprano y luego de desayunar en el hotel fuimos a su casa en Hauraki donde cargamos en su automóvil una heladera portátil y una canasta con todo lo que pensábamos consumir durante el almuerzo.
Viaje tranquilo y placentero cruzando pueblos y lugares. Orewa, Silverdale, Wangarei, Wenpararoa son algunos de los que me acuerdo. Nuestro destino, el Wenderlhold Regional Park, lugar de inimaginable belleza. Parque boscoso que por un lado enfrenta al lago del mismo nombre y por el otro una playa enorme y tranquila.
Aparcamos frente a ese lago, en un lugar donde encontramos mesas con sus bancos y parrillas. Elegimos uno de esos sitios y comenzamos a descargar heladera y canasta.
Mientras mi nuera armaba una picada acompañada de esa cerveza neocelandesa tan exquisita, mi hijo apiló carne y salchichas con pretensión de chorizos. A pocos metros algo parecido a una cocina con una plancha de acero inoxidable nos esperaba para cocinar. Previa introducción de una moneda valor 2 kiwis (dólar nacional), empezó a funcionar y nos aseguró calor durante 2 horas, tiempo más que suficiente para cocinar nuestra comida caliente.
Comer bajo árboles añosos y frente al lago fue mejor que en un restaurante 5 tenedores, donde no hubiéramos conseguido tanta paz y tranquilidad. Gente alrededor y haciendo lo mismo, pero sin gritar y sin molestar, no alteraron nuestra sobremesa.
Frente, un lago azul surcado por botes y kajacs completaban el paisaje que luego de un considerable rato interrumpimos para subir una lomada y llegar a esa playa tan tranquila como el lago, en donde estuvimos lo suficiente como para disparar nuestras cámaras y capturar tanta belleza.
Continuamos nuestro viaje con destino a Matakana, un pueblo chiquito y muy particular con sus casas de madera y como todas las de ese país, pintadas de blanco. En un shopping-galería y al borde de un arroyo descansamos antes de seguir a un lugar muy difícil de describir. En la entrada un cartel nos indicaba que estábamos en “Matakana Village Farmers Market”.
Es un complejo donde entre senderos y arboledas se encuentra una confitería a cielo abierto y un taller-museo de alfarería que señalada con otro cartel, “Welcome to Morris & James”, nos dice que ese matrimonio es el dueño del lugar. Visitarlo es cansarse de ver vasijas, macetas, platos e infinidad de objetos de cerámica esmaltada, de original diseño, colorido y belleza.
Las cinco de la tarde nos tentó con el “five o clock” en esa confitería tan peculiar y rústica, con un patio repleto de plantas que rodeaban sus mesas con sombrillas, donde degustamos el clásico “long black”, ese abundante café negro típico del país, junto a porciones de tortas caseras de exquisito gusto.
Volvimos y sin detenernos, pasamos por un pueblo exclusivo de maoríes, para terminar nuestro viaje en la casa de mi hijo y nuera, donde cenamos nuevamente una barbacoa con pretensión de “parrillada”.
Rotorua. Con la promesa de llevarnos a un lugar que jamás olvidaríamos, con mi hijo y mi nuera, muy temprano, a las 6 de la mañana emprendimos un viaje que teniendo que durar un poco más de 3 horas se prolongó hora y media más como consecuencia de un embotellamiento en la ruta que soportamos sin enojo y con paciencia, a igual que los de la enorme cantidad de vehículos que nos precedían.
Autopista de 4 carriles que a unos pocos kilómetros delante se reducía a uno, por que una cuadrilla de obreros la estaba reparando. Liberados de esa espera, continuamos a nuestro destino en la región de Waikato, especial área de alta actividad geotérmica, para ver uno de los lugares mas increíbles del planeta.
Cruzamos valles, lomadas, granjas y pueblos y dos importantes ciudades, Cambridge y Hamilton, donde hicimos una parada para cargar combustible y tomar otra vez el típico“long black”, ese café tan reconfortante.
El intenso aroma no muy agradable del azufre nos anunciaba la llegada a Rotorua, spa natural visitado por lugareños y turistas de todo el mundo, al que le atribuyen numerosas propiedades curativas y que yo, por ser médico, pongo en duda.
Ese no agradable olor tan escatológico muy parecido al del coliflor hervido, producto de los gases de dióxido de carbono y azufre con pequeñas cantidades de cloro y fluor invaden una zona de más de 250 kilómetros cuadrados que se conoce como Zona Volcánica de Taupo.
Sus vapores son una constante en todos los lugares que visitamos. Pero para tranquilidad de conocidos y amigos que alguna vez puedan visitarlos, les podemos decir que rápidamente nos acostumbramos a ese olor, producto de la anestesia natural de nuestras papilas olfativas.
Nuestro hijo-chofer, conocedor de la zona, antes de entrar a la ciudad nos llevó a lugares de rareza extraordinaria. Por caminos estrechos subiendo y bajando lomadas donde granjas pobladas de ovejas y viñedos enmarcaban el paisaje, llegamos al parque entrada del volcán Rotorua. Desde allí y a pié, con la ayuda de un guía, se forman grupos para llegar a su humeante cima, después de dos horas de caminata. Nosotros, obviamente, nos conformamos con verlo de lejos.
Vuelta al camino y transitando uno de ripio, fuimos a los lagos de barro. Que son estos lagos de barros? Pozos de lodo humeante y burbujeante con una temperatura superior a los 500 grados centígrados. Verlos desde el mirador causa asombro y temor, pero no se puede dejar de visitar por que solo allí y nada mas que allí se pueden ver.
Terminada esta excursión llegamos al centro de Rotorua, ciudad limpia y completa, preparada con todo lo que el turista pueda necesitar. Construcciones interesantes, hoteles, bares y restaurantes, rodean el característico edificio del Centro de Información y Museo de la ciudad con su torre reloj y techos de tejas rojas.
Luego de recabar la información que necesitábamos donde nos informaron de los gleisers que escupen vapor a considerable altura, pero que no pudimos verlos por que solo lo hacen por la mañana y ya era tarde. Hicimos un alto para almorzar y luego caminado unas pocas cuadras llegamos al borde del gran lago de Rotorua. Nos sentamos en la rambla que lo muestra inmenso, azul y de aguas claras. Patos y cisnes marrones nadaban a la espera de la comida que algunos turistas le tiraban desde el muelle.
Un trasporte anfibio, un hidroavión, un helicóptero y catamares invitaban a navegarlo en toda su extensión. Pero desistimos la tentación por que ya era tarde y la vuelta nos apuraba.
Pero no podíamos irnos sin disfrutar en el Spa Polinesian, el más grande de la ciudad, con baños azufrados que distribuidos en ocho piletas con distintas temperaturas y frente a un lago espeso y de color blanco, con vapores azufrados que nos regalaba la vista. Probamos todas esas piletas y luego con el lógico cansancio que acumulamos durante todo ese día, emprendimos la vuelta.
Un viaje de 3 horas, si esta vez 3 horas, nos devolvió a nuestra Takapuna, cansados y contentos por haber estado en tan extraño y característico lugar de Nueva Zelanda.
Auckland. La ciudad que por extensión en superficie ocupa el cuarto lugar en el mundo, asentada sobre 48 volcanes dormidos, se forma con calles que descienden en quebradas hacia la costa y donde el cruce de las avenidas Victoria y Queen marcan el centro de su zona comercial.
Una enorme ciudad de más de millón y medio de habitantes, con una mezcolanza de razas, 40 por ciento de habitantes con rasgos asiáticos que en su mayoría regentean numerosos locales. Centro lleno de gente que partir de las 6 de la tarde se vacía, pareciendo una ciudad desierta.
A pocas cuadras de ese punto y subiendo una empinada cuesta, llegamos al Sky City Hotel, donde nos habíamos alojado en nuestro primer viaje hace año y medio.
En su complejo está en casino más grande de Nueva Zelanda con sus tres pisos repletos de jugadores que ocupan sus instalaciones durante las 24 horas del día. Bares y restaurantes ocupan parte del inmenso lobby, además de la oficina de información turística y por encima, las lujosas habitaciones, gimnasio y piscina con amplio solario.
En el subsuelo un shopping donde se pueden adquirir recuerdos alusivos al país y la entrada a la majestuosa Sky Tower (Torre del Cielo) que es una torre de telecomunicaciones y difusión de radio y televisión, postal que identifica a la ciudad. Mide 328 metros de alto y es la estructura de mayor altura del hemisferio sur. Comenzó a construirse en 1994 y, tras dos años y nueve meses, se inauguró el 3 de marzo de 1997. Vista la Sky Tower desde su base, su estructura consiste en un armazón de hormigón de doce metros de diámetro que se eleva hacia el cielo, reforzado en su base por ocho soportes de acero y hormigón, unidos al armazón por un anillo también de hormigón. Sus cimientos miden quince metros de profundidad
Cuenta con tres miradores de piso vidriado a los que el público puede acceder montado en veloces ascensores hasta esos 3 Desks, desde donde se observan en sus 360 grados las impresionantes vistas de Auckland y sus alrededores, que en días claros llega a una distancia de 82 kilómetros, alcanzando incluso la península de Coromandel, además con dos restaurantes en su parte superior y con la posibilidad de tirarse de la propia torre, eso sí, amarrado a dos cables tendidos en uno de los miradores (lo que se conoce como Skyjump) en el que quien se atreva, se arroja desde una altura de 192 metros a más de 80 kilómetros de velocidad. Por todo ello, la Sky Tower se ha convertido en una de las mayores atracciones turísticas de Auckland, recibiendo unos 700.000 turistas cada año.
Luego, paseamos por su Water Front, zona marítima y puerto deportivo, en la cual se aprecian algunos de los veleros que participaron de la Copa América que organizaron y ganaron en los años 1999 y 2006. Con una apreciable cantidad de lujosos bares y restaurantes temáticos que funcionan de día y de noche, repletos de gente y donde en uno de ellos hicimos nuestra parada de rigor para almorzar. En este puerto deportivo también se encuentra la estación de ferrys que cruzan la bahía hacia las islas vecinas y otros destinos.
Como curiosidad, en las afueras de este puerto está el ICE CUB, un original bar hecho de hielo en su totalidad. A la entrada, nos proveen de gruesa campera, guantes y botas, todas forradas con piel de cordero, por que en su interior la temperatura es de 5 grados bajo cero. Construido en hielo, allí todo es transparente y divertido gracias a juegos de luces multicolores sobre las paredes y las superficies congeladas. Bancos de hielo, esculturas de hielo, barra de bebidas también de hielo y hasta vasos de hielo que nos llenan con la bebida del lugar, un trago con vodka y jugo de kiwi. Vale morder el vaso. Rareza y experiencia que difícilmente podré volver a disfrutar en algún otro lado del mundo.
Conocer todo Auckland es imposible en tan poco tiempo, pero montado en los buses rojos y gratuitos, se puede recorrer el minicentro, pasando por Mount Victoria, la Universidad y algunos barrios residenciales. En los antes plateados que hoy son de color verde y más modernos, previo pago de 2 kiwis (moneda nacional) ofrecen un circuito circular más extenso que permite ver en su recorrido barrios mas alejados de la ciudad. Además de Missión Bay, parques, plazas y Mount Albert donde está el Museo Nacional que ya habíamos visitado en el viaje anterior. Tanto estos buses como los rojos, confortables, con aire acondicionado y asientos tapizados en pana con dibujos multicolor hacen placentero el viaje.
El boleto se puede pagar sin cambio, el chofer pacientemente nos dará el correspondiente vuelto. Algo extraño para mencionar, en una parte del recorrido sube una anciana que desde el fondo de su cartera intentó durante un tiempo más que considerable sacar el dinero sin que el chofer se altere, éste con una envidiable paciencia le dio el vuelto y no arrancó hasta asegurarse que la señora estuviera sentada. Nadie protesta y en la mayoría de las paradas un cartel luminoso nos indica cual y cuantos minutos faltan para el arribo del próximo transporte, comportamiento desconocido en mi país.
Por el norte un puente de varios kilómetros de longitud y cinco carriles de circulación atravesando la bahía, con su centro de considerable altura, para dejar por debajo el paso de veleros, une las poblaciones de la Península de Devonport con la propia ciudad de Auckland. En su punto más alto, se práctica el “bungy jumping” deporte originario de Nueva Zelanda que consiste en arrojarse desde la altura hacia el vacío, con una cuerda elástica atada a los pies. Deporte extremo y que produce una considerable descarga de adrenalina, según contó mi hijo, que como regalo de sus amigos, para su cumpleaños pudo realizar este salto,
Para finalizar y haciendo honor a mi fanatismo, al comienzo de la Queen Avenue, antes de llegar a la estación de trenes, entramos a un shopping que decorado en negro, nos indica que allí solo se expone y vende todo lo relacionado con los All Blacks. Equipo de rugby conocido mundialmente y que orgullosamente representa a Nueva Zelanda.
Así, una vez más dejamos Auckland, la gran ciudad, para volver a nuestra base de operaciones, es decir a Takapuna.
Fin de la aventura. Sabiendo que me resulta imposible contar sobre los muchos más lugares que pudimos ver y disfrutar, solo podrán quedar en mi memoria junto con la visita a los grandes shoppings y malls donde tediosamente acompañamos a las mujeres que compraron más de lo que pensabamos gastar, además de las tardes en la playa de Takapuna donde mi hijo junto con sus amigos y amigas se entrenaban nadando en ese mar tranquilo.
Ya esperando en el aeropuerto la partida del avión que nos devolvería a mi Argentina solo puede pensar que Nueva Zelanda es un pais fabuloso, AUCKLAD LA GRAN CIUDAD Y TAKAPUNA EL PARAISO.
diciembre 2007 y enero2008

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