Sunday, December 31, 2006

SUDAFRICA, ciencia y diversión (4ta. y última parte)

Nos levantamos con la idea de ir a la Robben Island. Nuestra primera desilusión fue al llegar al embarcadero de la Torre del Reloj de Water Front, lugar donde sale el ferry que nos tendría que llevar a la isla prisión más famosa de ese continente. Una simpática africanner en correcto inglés nos aclaró que la reserva debíamos haberla hecho con seis meses de anticipación, dado la cantidad de turistas interesados en conocerla. Nos miramos y enseguida nos entendimos los dos argentinos, con gran sorpresa de nuestro bostoniano amigo le dijimos a esa simpática señorita en un inglés aporteñado (mas aporteñado que el que hablábamos habitualmente) que éramos importantes delegados extranjeros de un no menos importante Congreso de Medicina, mientras le mostrábamos nuestras credenciales que así nos acreditaba, junto con unos euros (moneda muy apreciada allí y en todas partes). Luego de unos pocos minutos que nos parecieron eternos, nos aclaró que por suerte recientemente habían anulado la excursión justo 3 turistas y por lo tanto pondría embarcarnos en el próximo ferry.

El catamarán Makana, nombre del gran jefe de una tribu africana encarcelado en Robben Island en el siglo XVIII, nos llevó a la isla luego de una media hora de viaje y nos dejó en el muelle de isla-cárcel.

Un guía nos recibió e invitó a subir a un camión que en su caja habían acondicionados asientos para los turistas. Su nombre; Elias Mzamo, ex-prisionero (como todos los guías de allí) que estuvo en Robben Island al mismo tiempo que Nelson Mandela, por participar en una protesta. Luego de 8 años preso y liberado en 1994, era el encargado de mostrarnos esta isla que los holandeses llamaron la Isla de las Focas, aunque las focas jamás la habitaron.

Después navegar un corto trecho estábamos en la entrada a la prisión de Máxima Seguridad en Robben Island. Lo que veíamos y los que nos contaba se mezclaron en nuestras mentes hasta hacernos sentir prisioneros de un pasado no muy lejano.

No mostró su celda donde durmió durante los 8 años que estuvo en esa prisión, donde solo tenía un zarape (colchoneta muy fina rellena de paja) y una cobija para dormir, a pesar que en la isla hacía mucho frío en las noches por el viento que recibían del atlántico sur.

Luego vimos la celda privada que Nelson Mandela ocupó durante 27 años y que solo dejó hace un poco más de 10 años para convertirse en el primer Presidente negro de la Republica Sudafricana. A los líderes los tenían en celdas privadas y no los dejaban comunicarse entre ellos ni con el resto de los prisioneros... pero siempre encontraban el modo de hacerlo. La celda debe medir como 2.5 x 2.5 metros, fría y gris, con una pequeña ventana a lo alto que solo muestra una pequeña parte del cielo sin sol. Al principio estaban ahí todo el tiempo, después de las protestas y con ayuda de la Cruz Roja Internacional fueron cambiando su estilo de vida, permitiéndoles ejercitarse y hacer trabajos forzados. A Mandela le autorizaron a tener en libros su celda.

Una vez afuera, fuimos a la mina de cal donde llevaban a los prisioneros políticos a trabajar, un monte de piedras indica donde empezaron a minar, trabajaban sin muchas herramientas ni equipo e hicieron una hoya 80 metros de diámetro, muy profunda y ancha. El trayecto que duraría casi una hora sirvió para que Elias Mzamo que nos contara que Robben Island es una isla en Table Bay (Bahía de la Tabla), a 12 kilómetros de la costa de Ciudad del Cabo, que es prácticamente redonda y plana con un diámetro de aproximadamente 1 kilómetro; que se eleva unos pocos metros sobre el nivel del mar.

Desde finales del siglo XVII, Robben Island había sido utilizada durante más de 400 años para aislar a ciertos grupos de personas, en la mayoría de los casos prisioneros; en un principio sus primeros habitantes fueron líderes nativos de las colonias holandesas; sobre todo de Indonesia.


La isla fue utilizada como colonia de leprosos entre 1836 y 1931. Sin embargo, su fama reciente le viene por haber sido durante parte siglo del XX una prisión en donde estuvieron detenidos prisioneros políticos del régimen del apartheid. Entre esos prisioneros se destacan Nelson Mandela, Walter Sisulu, Govan Mbeki y Robert Sobukwe.

En la actualidad, con la prisión clausurada, y habiendo sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, la isla se ha convertido en un popular destino turístico al cual se llega por mar desde Ciudad del Cabo.

Un hecho curioso relacionado con la isla es que en ocasionalmente se han encontrado a lo largo de los siglos monedas de oro en sus costas. Esto se debe a que a finales del siglo XVII un barco cargado de monedas de oro destinado al pago de salarios en Batava (Indonesia) naufragó en sus costas, perdiéndose toda su carga. Este tesoro, que tendría un muy alto valor hoy en día, todavía permanece en las aguas alrededor de la isla.

Robben Island se ha forjado un estatus casi mítico no sólo en la misma Sudáfrica sino en todo el mundo. Es famosa por ser el sitio en el cual Nelson Mandela pasó 27 años en cautiverio por desafiar el apartheid, y por lo tanto estará siempre relacionada con las luchas de los no blancos sudafricanos contra uno de los sistemas políticos más aberrantes de la historia. Su aura es tan fuerte que los visitantes la recorremos sintiendo es rara mezcla de rabia u congoja. La brutalidad de la vida en prisión en la isla parece ahora como de otro mundo. Pero para un toque de injusticia política y una mirada a la historia de Sudáfrica, Robben Island sigue siendo uno de los fenómenos que más sorpresa y meditación provocan en el país y en quienes pudimos visitarla.

Fin de otro día, aunque no muy alegre…. pero necesario para conocer la parte mas desagradable del apartheid, que hasta el año 1994 separaba a blancos y negros en un país tan colonial como injusto.

El último día en Cape Town y sin saber como finalizar, recibimos el consejo, sabio consejo del conserje del hotel, quién nos indicó que no nos podíamos ir a sin conocer un poco de la tradición africana y probar su típica comida y la respuesta siempre fue... visiten Moyo.

Este un centro cultural ubicado en las afueras de Cape Town, aquí uno puede disfrutar no solo de la hospitalidad de los nativos de África, sino también tener un contacto directo con los Chitas, o guepardos, pues hay un centro de recuperación de estas criaturas. Algunos de estos cachorros han nacido aquí, otros los han rescatado de manos de cazadores inescrupulosos... pero en Moyo viven felices.

Luego de ver a los chitas, un grupo de alegres africanos nos recibieron con música y canciones, su tradición es pintarse la cara para demostrar su espíritu guerrero.

"Moyo significa alma... Del corazón... Todo lo que viene de adentro del corazón"

Luego pudimos recorrer la historia a través de sus cantos... "Una canción hablaba de un lugar que existió hace mucho tiempo y que la gente peleaba entre sí. Muchos murieron por eso, pero un día juntos compusieron esta canción porque comprendieron que estar unidos era mejor que la guerra, porque unidos pueden luchar contra cualquier cosa" nos relató el guía.

El idioma es el Toza que es apenas una de las 11 lenguas africanas, aquí hay gente que habla Suajili, Swana, Sutu y además ingles.

Teníamos que probar la comida... entre los platos que nos ofrecieron se encontraba carne de avestruz, de cordero y otros más que entre tanta variedad no sabíamos que comer, básicamente había carnes, mariscos, chuscas, verduras, pero también arroz.

Algo que tampoco podíamos dejar de probar era un vino de sudafricano, pues sus vinos son famosos ahora en todo el mundo, sobre todo el Pinotage, originario de esta zona.

"En 1925 se creo en Sudáfrica el Pinotage. Fue hecha aquí y de aquí se ha llevado a todo el mundo. Pinotage es único" nos dijeron y así pudimos comprobarlo por segunda vez.

Todo esto lo pudimos encontrar de Moyo... y de vuelta a Cape Town pasamos rápidamente por una granja de avestruces....

Sabían ustedes que una teoría afirma que los ancestros de los avestruces fueron los Dinosaurios, pero estas aves enormes que no vuelan pero que saben correr a una velocidad asombrosa, no son peligrosos y ahora son criadas para aprovechar su carne, su piel y sus huevos.

Paramos en las orillas del río Zambesi, donde se encuentra el Hotel Royal Livinsgtons un pequeño hotel boutique de 5 estrellas, de la cadena Sun International.

Parece una casona antigua, de la época victoriana, aunque su construcción es reciente. Digamos que es una mezcla de lujo y sencillez, pero muy al estilo del África del siglo XIX.

En él podemos encontrar como parte de sus atracciones varias zebras, muchos babuinos y jirafas que viven libres y de manera natural entre el inmenso complejo de cientos de hectáreas.

Antes de sentarnos en su salón victoriano a tomar el “Té five o´clock” nos orientaron sobre los animales y nos hicieron ver que son animales salvajes y hay que tener cuidado, porque no son domesticados y sobre todo los monos son muy traviesos, que tratemos de no acercarnos mucho porque nos podemos llevar una sorpresa. Es increíble ver a las zebras y a los monos desde las ventanas.

En esta propiedad se percibe un perfecto balance. Los turistas y los animales conviven juntos. De hecho el hotel ha ganado premios internacionales por su compromiso con la conservación.

Volvimos a nuestro hotel sabiendo que en pocas horas estaríamos emprendiendo el regreso a nuestras casas… pero lo que no sabíamos y allí nos enteramos es que la Van nos llevaría al aeropuerto a las 3 de la mañana. Cuando recibimos la noticia recién era las 6 de la tarde. Que hacer hasta esa hora?

Dormir… imposible y estar despierto en una ciudad que se acuesta temprano era desalentador. Nuestro desasosiego enterneció al conserje de turno que nos comunicó que aunque poco, la ciudad también tenía una movida nocturna. Y luego de armar nuestras valijas, decidimos aprovechar el tiempo restante con una magnífica cena en Harbour House, un edificio de fachada de cristal a pasos del mar. Con una sabrosa ensalada y langostinos al curry, para continuar con un pollo al mango (agridulce) y keobabs de cocodrilo regados con cerveza amarga, para finalizar como postre con una ensalada de frutas multicolor. Total para bifes de chorizo y papas fritas tendríamos tiempo suficiente en la Argentina.

Todavía teníamos unas horas a favor y nos dirigimos a la barra del Bascule, el elegante bar del Cape Grace Hotel donde con agradable música de fondo, pudimos tomar nuestro “whisky on de the rock” de despedida, elegido entre 400 marcas diferentes que ofrece el establecimiento. Dejamos la elección en manos del camarero (negro, por supuesto) que infaliblemente conformó nuestro gusto.

Alegres, pero no heridos (mamados), un taxi nos dejó en nuestro hotel justo a tiempo. Un Botones (negro, como la mayoría) colocó nuestra valijas en la Van que ya nos estaba esperando.

De allí hasta el aeropuerto, con 30 minutos de silencio y tristeza por dejar ese paraíso, comenzó nuestra vuelta en un viaje de 3 horas a Johannesburgo, trasbordo y otro avión de Sudafrican Airlines rumbo a San Pablo, luego de 9 horas de viaje.

Hasta allí, todo tranquilo, nos despedimos de nuestro amigo que viajaría a Boston con la promesa de utilizar el correo electrónico hasta vernos en Chicago, Amsterdam o La Habana. Lugares seguros de encuentro, ya que los tres ya estábamos invitados a los Congresos que en esas ciudades estaban programados para el 2007.

En San Pablo, una huelga de Controladores Aéreos nos demoró más de 10 aburridas horas, hasta que cansados volamos a Ezeiza (Buenos Aires), donde dejé a mis otros amigos (los argentinos) a quienes vería más seguido, por que algunas reuniones nacionales nos daría la oportunidad de encontraríamos más veces que con el bostoniano.

Otro trasbordo, el último, con avión mediante llegué a Mar del Plata Beach, mi ciudad. Donde desperté de ese sueño que fue “Sudáfrica, ciencia y diversión”.


Noviembre 2006

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